La vela que brilla con el doble de intensidad arde sólo la mitad del tiempo
Él tenía unos 22 años , alto muy alto (1.86), cejas pobladas, caucásico y mamón.
Íbamos juntos en clase de idiomas, el primer día llegó tarde y cuando lo vi entrar me enamoré de su risita pícara y su aire sinvergüenza. Si alguna vez soñé con un hombre perfecto, ese era él: espontáneo, inteligente, caballeroso, terco y audaz..
Apasionante y enfermiza obsesión, su perfume inundaba mis sentidos, sus abrazos tiernos y a la vez violentos me llevaban a la exquisitez, su voz volvia incompetente mi razón y esa boca... su lengua era un aguijón certero y lascivo.
Ahí estaba yo víctima de ese sujeto irresistible y despiadado. No me daba cuenta que aquella felicidad se desvanecería y volvería y se iría una y otra vez, ni tampoco era conciente que poco a poco me volvía adicta a ese dulce tormento.
Yo quería más y no pudo ser, su corazón aventurero no se llevaba con el mio: tonto y enamoradizo.
Hoy lo recuerdo y no siento ni anhelos ni rencores, después de tanto tiempo contemplo inmutable las letras sobre el papel.
Ya es hora de dormir.

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